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SMART RULES for smart cities por Anna M. Birulés Bertran (Ex ministra de Ciencia y Tecnología)

Jueves, 30 Agosto 2012 09:32
Publicado en Artículos
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Basta mirar a nuestro alrededor, para constatar lo mucho que el mundo está cambiando. La globalización ya forma parte de la vida cotidiana de las personas, de la actividad económica y social y de los distintos modos de gobierno. Los retos derivados de poblaciones crecientes que aspiran a una mejor calidad de vida, en términos de alimentación, salubridad y salud, y educación, de un entorno en el que los recursos naturales, al ser finitos, devienen críticos y de que la información y la interconexión está al alcance de casi todos, están en las agendas de todos en el mundo, y no sólo de los gobiernos. Una población mundial más informada, y por tanto más exigente, una mayor interconexión y una actividad económica más distribuída, una alta movilidad de personas, bienes, servicios y capitales, ha acelerado la competencia mundial, sin duda entre países y regiones, pero especialmente entre ciudades.

 

Las ciudades constituyen el mayor y más rápido fenómeno migratorio. Representan más del 50% de la población mundial en el 2% del territorio, y del 75% del consumo energético. Las expectativas de mayores oportunidades, calidad de vida, progresión profesional y educativa, de avance y bienestar social van íntimamente ligadas a las ciudades, a desplazarse a la ciudad y, cuando es posible, a ciudades que cuentan internacionalmente.

Estas ciudades compiten para ser atractivas a una diversidad de actores mundiales. Persiguen, entre otros, el interés de los inversores, las empresas, los científicos, artistas, profesionales, medios de comunicación, la academia y la gente, en general. Las ciudades quieren ser deseadas para vivir, trabajar, estudiar, ser visitadas, hacer negocios, para relacionarse... El cambio mundial tiene su mayor reflejo en los retos a los que se enfrentan las ciudades.

Evitar la congestión, la inseguridad, el deterioro de la interconectividad, la ineficiencia en los servicios, la rigidez y falta de capacidad de las infraestructuras, las bolsas de marginalidad y pobreza son amenazas crecientes para la actividad en las ciudades,la vida de sus ciudadanos y la capacidad para ser competitivos. En los momentos actuales, de hecho entrados ya en la Tercera Revolución Industrial, conviven grandes ciudades con problemas de suministro de servicios básicos con ciudades con dificultades para sostener económicamente los servicios que venían proveyendo. Pero a las ciudades cada vez les exigimos más. Dar respuesta a los problemas de hoy y, a la vez, invertir en potentes sistemas e infraestructuras energéticas y de telecomunicaciones, más inteligentes y distribuidas; en mayor seguridad, sin interferir en la vida cotidiana, en salubridad y condiciones de vida, en base cultural y diversidad. Y continuar apostando decididamente por el conocimiento, por las habilidades, por la formación, en definitiva tener gente entre los mejor preparados y con ambición.

Es en este contexto en el que surge el concepto de Smart City. Persigue que, a través de las TIC, las ciudades cuenten mediante nuevos sistemas e infraestructuras, con instrumentos y capacidades para poder acometer estos retos. La interconectividad, la simultaneidad y la configuración en red hacen de la Smart City un proceso complejo donde todos y todo está íntimamente ligado.

Hablamos, pues, de convertir las ciudades en inteligentes de modo que se aprovechen las ventajas que sin duda ofrece la interconexión y las mejoras de eficiencia que puede permitir. El objetivo es que las economías de concentración y alcance nos permitan vivir mejor y que se minimicen sus inconvenientes.

El lógico interés por parte de las instituciones internacionales, los gobiernos y las grandes corporaciones tecnológicas e industriales en desarrollar infraestructuras y sistemas inteligentes, ha generado una gran competencia para atraer estas inversiones y pruebas de Smart City, en muchas ciudades del mundo.

Sin duda, la actividad en bienes y servicios, la provisión de servicios públicos, el consumo y la eficiencia energética, las comunicaciones
y las transacciones, la movilidad urbana e internacional, la seguridad, están llamados a ser repensados y a encontrar nuevos modelos de provisión, gestión y de gobernanza. Y también hay que avanzar en esta dirección para conocer los cambios en los comportamientos de los ciudadanos, los nuevos modelos de negocio que surgirán y la capacidad de innovación que generarán.

Dirigir este proceso tan multifacético y multidisciplinar es un reto en si mismo. A mi entender, se ha de llevar a cabo desarrollando e invirtiendo en tecnología y sistemas, pero sabiendo qué modelo de ciudad se persigue. Una gran megápolis en China o en Egipto marcará unas hojas de ruta y perseguirá un modelo de ciudad distinta a la de una metrópolis mediana en el Mediterráneo. Por ejemplo, Barcelona que no es una ciudad grande, ni es la más moderna, ni la más espectacular, ni la de los mayores museos… es una ciudad a la que mucha gente le agradaría ir o le ha agradado haber ido o poder vivir. Su potencia va íntimamente ligada al modelo de ciudad. Atrae por lo que es y enseña, de modo diferencial, por cómo se vive, trabaja, cómo se relacionan sus ciudadanos,…por su concepto de ciudad, calidad de vida y por su diversidad y modo de hacer, que transmite valores de convivencia, cosmopolitismo, creatividad de innovación, en este caso, sobre muchos años de historia.

Conviene, pues, que no olvidemos lo básico. Cuando diversa gente vive junta, incluso en sus más simples formatos, es imprescindible que existan unas reglas del juego, por mínimas que sean. Para mantener el equilibrio y para que la convivencia tenga una cierta estabilidad, que dé permanencia al asentamiento, son necesarios unos acuerdos sociales. Y cuanto más sólidos sean, mejor será la convivencia y la capacidad de generación de riqueza y bienestar.

La ciudad requiere cooperación y sentirse suficientemente cómodo con las reglas comunes. Las smart cities, sin duda, dibujan un futuro prometedor para acometer los retos de nuestras ciudades, pero requieren contar, desde el principio, con la complicidad ciudadana. La necesaria capacidad de colaboración entre los ciudadanos, equilibrando las ventajas e inconvenientes de la gran interconexión que está en la base de las smart cities, va a comportar cambios en las reglas comunes y adaptaciones en el modelo de ciudad y en sus formas de gobierno. Sería un error obviarlo.

Anna M. Birulés Bertran
Ex ministra de Ciencia y Tecnología

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